"No discutas", "no seas insolente", "no me contradigas"
Estas fueron algunas de las frases que escuché durante mi infancia y mi adolescencia.
Me acuerdo que cuando nos sentábamos a la mesa mi hermano me tocaba la pierna para que no empezara una discusión...
¿Por qué? porque mi papá se sacaba, levantaba la voz, y mi mamá se encerraba en sí misma.
Con el tiempo aprendí que pensar distinto o cuestionar algo estaba mal y entendí que la gente me "quería más" si les decía que coincidía con ellos en lo que decían. La discusión y el conflicto fueron dos cosas que siempre evité, y el evitarlo solo me trajo más problemas y dolor.

A su vez, recuerdo que en casa todos teníamos que "portarnos bien" y "cumplir con nuestras obligaciones" para no "enojar a papá".
Yo siempre la vi a mamá como una niña que le pedía autorización a papá para todo.
Porque...
Al hacerlo, nos negamos a nosotras mismas y nos decimos que lo que pensamos o sentimos no vale, o es menos importante que lo que nos está diciendo el otro.
A discutir se aprende, punto.
Pero mi cuerpo comenzó a hablar y para acallarlo empecé a medicarme.

Discutir evita conflictos mayores, y es por eso que, en todas las relaciones pero especialmente en la pareja, debemos acostumbrarnos a resolverlos en vez de evitarlos.
Tranquila! no desesperes que hay herramientas simples para ir aprendiendo.
No dejes de expresarte porque vas a terminar anestesiada y, de un día para el otro, te vas a dar cuenta que estás disociada de todo y de TODOS, incluyendo de la persona que duerme a tu lado...
Recordá que los conflictos se resuelven, no se evitan.
No estás sola.
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